Por David Alvarez MartÃn
Yo nacà en un valle donde todas las tardes llovÃa agua fresca y cristalina, que pintaba calles y casas de charol. ApetecÃa en esos atardeceres una taza de chocolate caliente y una frazada para dormir tibiamente. El tiempo corrÃa al paso y desperdicié horas infinitas en contemplar la naturaleza y la gente.
En las mañanas de invierno nos arropaba la neblina más espesa que haya visto, caminaba al colegio porque conocÃa la ruta y al cruzar por el mercado el aire se endulzaba de café y jengibre recién colados. De arrozales inmensos se llenaba la primavera, cual océanos amarillos, y el verde intenso de los laureles pintaba casi todas las calles. El sol nos visitaba siempre tarde, porque debÃa escalar nuestras lomas y de chiquito aprendà que el pico Duarte estaba en el norte de nuestro valle.
Yo crecà en un valle donde los cielos siempre fueron azules y limpios, y corrÃamos bicicleta en grupos, por estrechos caminos vecinales, entre los sembradÃos, cruzando rigolas, explorando los charcos de los rÃos y nos hartábamos de mangos bajo el zumbido de millones de mimes.
Cada atardecer en el parque, nos deleitábamos del concierto de chicharras mas exquisito que oÃdo humano pueda escuchar. Sincronizadas, ondulantes en su intensidad, siguiendo una partitura secreta que aprendimos a fuerza de repetición. Los bancos de granito, siempre frÃos, donde echamos tantas plática mientras pasaban a nuestro lado todos los conocidos, porque allà en mi pueblo, todos nos conocÃamos.
Yo vivà en valle que al levantar la mirada por cualquier punto cardinal veÃa montañas. Azules, marrones, verdes y superpuestas unas a otras, de pendientes suaves, como si todas estuvieran abrazándonos. Con calles formando rectángulos hasta el rÃo que dibujaba los limites al oeste. Mas allá, la planicie elevada de Santomé, fermentada por sangre orgullosamente dominicana, en la épica independentista.
De ese pueblo, en el que en su entrada un arco emblemático señala su inicio, vengo yo, donde la tierra es la madre. Agricultores por vocación, que generación tras generación se deshacen de sus juventudes mas brillantes por no poder sostenerlas. Nido vacÃo que alberga ancianos o campesinos venidos de lugares mas pobres. Pueblo con mucho pasado y un presente disperso.
Terreno que se empapó con la sangre de Francisco del Rosario Sánchez y sus compañeros, vanguardia de la Restauración. Valle donde Liborio Mateo enfrentó al marine invasor y resucitó en centenares de campesinos masacrados por el autoritarismo y la intolerancia en el llano de Palma Sola.
San Juan es mi origen y cuna espiritual de un gringo irlandés, obispo, varón saliente, que enfrentó el sátrapa Trujillo, cuando muchos dominicanos se postraban a sus pies. Ahora, acunado en el corazón del valle, en la Catedral, Monseñor Reilly es testimonio indudable de que la patria se gana, no se hereda.
Pero antes que virreyes, gobernadores y presidentes, tuvimos una Reina. La más hermosa, la más valiente, mártir de la libertad del noble pueblo taÃno. Anacaona, soberana del cacicazgo de Maguana, es sÃmbolo ético de nuestra comunidad, legado único en todo el paÃs.
Mi sueño siempre está en un valle, escondido en el laberinto de mi memoria, ajeno al paso del tiempo, con los amigos y amigas de entonces. Un pueblo que ya no es el mÃo, ni lo será de nuevo, aunque tenga el mismo nombre y esté en el mismo lugar. Matriz de orÃgenes y fundaciones existenciales, base de toda la vida. Un San Juan que está en pedazos en la memoria de aquellos que vivieron conmigo.
Cuna de Orlando MartÃnez, limpia voz de nuestra conciencia, y de Emilio de los Santos, el triunviro que prefirió renunciar al poder, y no a gobernar con las manos sucias de sangre de Manolo y sus compañeros de Manaclas. Por los antes mencionados y quienes no menciono, orgulloso me siento de haber nacido allà y no en otro lugar.
Yo soy de San Juan de la Maguana, valle enclavado en el mismo centro de la Isla Hispaniola. ParaÃso natural y semillero de tantas mujeres y hombres, que por origen o adopción, han dado lo mejor de sà a la tierra de Caonabo y patria de Duarte. Y aunque el San Juan donde nacÃ, crecà y vivà no sea el mismo de hoy, en sus entrañas más profundas guarda la misma savia que alimentó a los que nos antecedieron y nos sucederán. Porque somos hijos de la tierra que nos vió nacer y sin ella somos plantas sin raÃces.
Yo nacà en un valle donde todas las tardes llovÃa agua fresca y cristalina, que pintaba calles y casas de charol. ApetecÃa en esos atardeceres una taza de chocolate caliente y una frazada para dormir tibiamente. El tiempo corrÃa al paso y desperdicié horas infinitas en contemplar la naturaleza y la gente.
En las mañanas de invierno nos arropaba la neblina más espesa que haya visto, caminaba al colegio porque conocÃa la ruta y al cruzar por el mercado el aire se endulzaba de café y jengibre recién colados. De arrozales inmensos se llenaba la primavera, cual océanos amarillos, y el verde intenso de los laureles pintaba casi todas las calles. El sol nos visitaba siempre tarde, porque debÃa escalar nuestras lomas y de chiquito aprendà que el pico Duarte estaba en el norte de nuestro valle.
Yo crecà en un valle donde los cielos siempre fueron azules y limpios, y corrÃamos bicicleta en grupos, por estrechos caminos vecinales, entre los sembradÃos, cruzando rigolas, explorando los charcos de los rÃos y nos hartábamos de mangos bajo el zumbido de millones de mimes.
Cada atardecer en el parque, nos deleitábamos del concierto de chicharras mas exquisito que oÃdo humano pueda escuchar. Sincronizadas, ondulantes en su intensidad, siguiendo una partitura secreta que aprendimos a fuerza de repetición. Los bancos de granito, siempre frÃos, donde echamos tantas plática mientras pasaban a nuestro lado todos los conocidos, porque allà en mi pueblo, todos nos conocÃamos.
Yo vivà en valle que al levantar la mirada por cualquier punto cardinal veÃa montañas. Azules, marrones, verdes y superpuestas unas a otras, de pendientes suaves, como si todas estuvieran abrazándonos. Con calles formando rectángulos hasta el rÃo que dibujaba los limites al oeste. Mas allá, la planicie elevada de Santomé, fermentada por sangre orgullosamente dominicana, en la épica independentista.
De ese pueblo, en el que en su entrada un arco emblemático señala su inicio, vengo yo, donde la tierra es la madre. Agricultores por vocación, que generación tras generación se deshacen de sus juventudes mas brillantes por no poder sostenerlas. Nido vacÃo que alberga ancianos o campesinos venidos de lugares mas pobres. Pueblo con mucho pasado y un presente disperso.
Terreno que se empapó con la sangre de Francisco del Rosario Sánchez y sus compañeros, vanguardia de la Restauración. Valle donde Liborio Mateo enfrentó al marine invasor y resucitó en centenares de campesinos masacrados por el autoritarismo y la intolerancia en el llano de Palma Sola.
San Juan es mi origen y cuna espiritual de un gringo irlandés, obispo, varón saliente, que enfrentó el sátrapa Trujillo, cuando muchos dominicanos se postraban a sus pies. Ahora, acunado en el corazón del valle, en la Catedral, Monseñor Reilly es testimonio indudable de que la patria se gana, no se hereda.
Pero antes que virreyes, gobernadores y presidentes, tuvimos una Reina. La más hermosa, la más valiente, mártir de la libertad del noble pueblo taÃno. Anacaona, soberana del cacicazgo de Maguana, es sÃmbolo ético de nuestra comunidad, legado único en todo el paÃs.
Mi sueño siempre está en un valle, escondido en el laberinto de mi memoria, ajeno al paso del tiempo, con los amigos y amigas de entonces. Un pueblo que ya no es el mÃo, ni lo será de nuevo, aunque tenga el mismo nombre y esté en el mismo lugar. Matriz de orÃgenes y fundaciones existenciales, base de toda la vida. Un San Juan que está en pedazos en la memoria de aquellos que vivieron conmigo.
Cuna de Orlando MartÃnez, limpia voz de nuestra conciencia, y de Emilio de los Santos, el triunviro que prefirió renunciar al poder, y no a gobernar con las manos sucias de sangre de Manolo y sus compañeros de Manaclas. Por los antes mencionados y quienes no menciono, orgulloso me siento de haber nacido allà y no en otro lugar.
Yo soy de San Juan de la Maguana, valle enclavado en el mismo centro de la Isla Hispaniola. ParaÃso natural y semillero de tantas mujeres y hombres, que por origen o adopción, han dado lo mejor de sà a la tierra de Caonabo y patria de Duarte. Y aunque el San Juan donde nacÃ, crecà y vivà no sea el mismo de hoy, en sus entrañas más profundas guarda la misma savia que alimentó a los que nos antecedieron y nos sucederán. Porque somos hijos de la tierra que nos vió nacer y sin ella somos plantas sin raÃces.